ESCUELA DE ORACIÓN: la via mariana

«Nuestras comunidades cristianas tienen que ser auténticas ‘escuelas’ de oración»

(Juan Pablo II)

 

En el mes de octubre proponemos la reflexión sobre la oración del Rosario.

Nuestro guía será el Siervo de Dios Juan Pablo II. En su vida personal y en sus enseñanzas sobre la oración, el Rosario ocupó un puesto primordial. Quería introducir a todos en la historia de la salvación, meditada en los misterios del Rosario.

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Mysterium fidei

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. […]

Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es « fuente y cima de toda la vida cristiana ».1 « La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ».2 Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

[…] El Cenáculo es el lugar de la institución de este Santísimo Sacramento. Allí Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: « Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros » (cf. Mt 26, 26; Lc 22, 19; 1 Co 11, 24). Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: « Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados » (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25). […]

Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.

Cuando pienso en la Eucaristía, mirando mi vida de sacerdote, de Obispo y de Sucesor de Pedro, me resulta espontáneo recordar tantos momentos y lugares en los que he tenido la gracia de celebrarla. Recuerdo la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero. He podido celebrar la Santa Misa en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades… Estos escenarios tan variados de mis celebraciones eucarísticas me hacen experimentar intensamente su carácter universal y, por así decir, cósmico.¡Sí, cósmico! Porque también cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo. Ella une el cielo y la tierra. Abarca e impregna toda la creación.

[…] Verdaderamente la Eucaristía es « mysterium fidei », misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe, como a menudo recuerdan las catequesis patrísticas sobre este divino Sacramento. « No veas –exhorta san Cirilo de Jerusalén– en el pan y en el vino meros y naturales elementos, porque el Señor ha dicho expresamente que son su cuerpo y su sangre: la fe te lo asegura, aunque los sentidos te sugieran otra cosa ». […]

Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. […]

¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!

Ecclesia de Eucharistia
Ioannes Paulus PP. II

ESCUELA DE ORACIÓN: La vocación

“Nuestras comunidades cristianas tienen que ser auténticas escuelas de oración”

(Juan Pablo II)

Toda vocación está vinculada a la oración. Gracias a esa el hombre es capaz de reconocer la propia vocación y de seguirla con firmeza. La vocación es una llamada de Dios, a la que el hombre intenta responder. Para descubrir y realizar la vocación es necesaria la oración. Se trata, en efecto, de escuchar la voz de Aquel que llama por el propio nombre y de responder con la palabra y la acción. Es un diálogo, a veces una lucha, que tiene como fin la santidad.

La vocación a la santidad

“Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: «Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor». Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede « programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral? […] este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos «genios» de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona” (NMI, 30-31).

 

La renovada necesidad de oración

“ […] se detecta una exigencia generalizada de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de oración” (n. 33). En esta “necesidad de oración” se inserta nuestra petición común al Señor para que “envíe obreros a su mies”. Constato con alegría que en muchas Iglesias particulares se forman cenáculos de oración por las vocaciones. En los seminarios mayores y en las casas de formación de los institutos religiosos y misioneros se celebran encuentros con esa finalidad. Numerosas familias se convierten en pequeños “cenáculos” de oración, ayudando a los jóvenes a responder con valentía y generosidad a la llamada del Maestro divino. ¡Sí! La vocación  al  servicio  exclusivo de Cristo en su Iglesia  es  don  inestimable  de  la bondad divina, don que es preciso implorar con insistencia, confianza y humildad. El cristiano debe abrirse cada vez más  a este don, vigilando para no desaprovechar “el tiempo de la gracia” y el “tiempo de la visita” (cf. Lc 19, 44)” (Mensaje del Santo Padre para la XLI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 2004).

La oración, necesidad insustituible

“La celebración de la Jornada mundial quiere ser ante todo una llamada urgente a comprender el valor del mandato de Jesús: “Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). No es una simple invitación, por el contrario, es una orden que desafía nuestra fe e interpela nuestra conciencia de bautizados. A nadie se le oculta que la oración, en sus múltiples formas, debe considerarse como el primero e insustituible servicio que podemos ofrecer a la gran causa de las vocaciones. Ante la enorme necesidad de sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, miembros de institutos seculares y misioneros debe surgir una gran respuesta de oración. Por eso os invito a todos vosotros, esparcidos por todo el mundo, a orar, a orar mucho, a orar continuamente por esta intención que afecta de una manera muy vital a los intereses del Reino de Dios. La Jornada mundial haga revivir en la Iglesia el clima espiritual de los primeros discípulos reunidos en el Cenáculo esperando el Espíritu Santo: “Todos éstos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste” (Act 1, 14). Cada comunidad cristiana sea un nuevo cenáculo de oración por las vocaciones: la comunidad diocesana, la parroquia, las comunidades religiosas, las familias cristianas, los grupos eclesiales y cualquier otra porción del Pueblo de Dios” (Mensaje del Santo Padre para la XXI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 1984).

                                                Centro Juan Pablo II No tengáis miedo, en Cracovia

 

 

La oración por las vocaciones

 El Santo Padre Juan Pablo II terminaba sus mensajes para las Jornadas por las Vocaciones con una hermosa oración. He aquí el texto de la oración del año 1984:

“Oh Jesús, Buen Pastor, acoge nuestra alabanza y nuestro humilde agradecimiento por todas las vocaciones que, mediante tu Espíritu, regalas continuamente a tu Iglesia. Asiste a los obispos, presbíteros, misioneros y a todas las personas consagradas; haz que den ejemplo de vida auténticamente evangélica. Da fortaleza y perseverancia en su propósito a aquellos que se preparan al sagrado ministerio y a la vida consagrada. Multiplica los evangelizadores para anunciar tu nombre a todas las gentes. Protege a todos los jóvenes de nuestras familias y comunidades: concédeles prontitud y generosidad para seguirte. Vuelve también hoy tu mirada sobre ellos y llámalos. Concede a todos los llamados la fuerza de abandonar todo para elegirte sólo a Ti que eres el amor. Perdona la no correspondencia y las infidelidades de aquellos que has escogido.

Escucha, oh Cristo, nuestras preces por intercesión de María Santísima, Madre tuya y Reina de los Apóstoles. Ella, que por haber creído y respondido generosamente, es la causa de nuestra alegría, acompañe con su presencia y su ejemplo a aquellos que llamas al servicio total de tu reino. Amén”.

Dones insólitos…

  El don es una manifestación de amor. Cuando amamos a alguien o queremos expresarle nuestra gratitud, le regalamos las cosas más bonitas, es más, querríamos donarle a nosotros mismos… No tenemos, pues, que maravillarnos de que todos hayan querido demostrar al Santo Padre la propia gratitud, el amor y la estima. Durante su pontificado, Juan Pablo II ha recibido muchos dones, algunos incluso valiosos, pero no más de lo que vale la historia de una persona o lo que es expresión de la misma: como las palabras, algunos objetos o los mismos sufrimientos …

Hace algun año, Jacek di Krzyżanowice (Polonia), paralítico en una silla de ruedas, ha cantado y tocado ante el Santo Padre una canción: Hay una calle, en un pueblo, donde entre las bocacalles y los edificios un vendedor anciano vende gafas encantadas … Gafas milagrosas que corregirán la vista del corazón, gafas milagrosas por un céntimo. Verás la vida y el destino de otro modo, cuando estas gafas usarás. En cada libro sabio, en cada hombre sencillo, a Cristo verás. No, no es una fábula, ni es magia. Estas son las gafas del amor.

            «Gafas milagrosas» era el título de la canción que tocó en el Aula de san Clemente en el Vaticano. El Santo Padre, después de haber escuchado todas las estrofas de esta canción, dijo :

Entonces, también yo me tengo que poner estas gafas ….

 

Wanda Rtkiewicz regaló al Papa una piedra recogida en el monte Everest, conquistado por  él el 16 de octubre de 1978. El buon Dios ha hecho en modo que llegásemos los dos, el mismo día, a la  cima más alta del monte – con estas palabras Karol Wojtyła le agradeció la piedra.

 

Para algunos regalos era necesario permisos especiales, concedidos por la Prefectura de la Santa Sede. Es el caso del pino polaco, regalado al Papa por un grupo de peregrinos de las montañas de Zakopane, plantado después en los jardines Vaticanos; o el del sauce del Jardín Botánico de la Universidad Jagellonica de Cracovia – don de los participantes en la Peregrinación de niños inválidos – y que ahora se encuentra en el jardín de Castelgandolfo. Otros dones han sido depositados en la Casa Polaca, situada en la calle Cassia en Roma, sede del Instituto de la documentación sobre el pontificado de Juan Pablo II. Todo lo que se encuentra aquí – explica la responsable, doct. Helena Kupiszewska – son dones regalados al Papa. Cinco pisos del edificio se han convertido en un museo. Todos los regalos están catalogados, muchos tienen que ser aún archivados, continúan llegando otros del Vaticano. Los regalados hasta el 2005 son más de doce mil: 2400 medallas, 1400 esculturas, 1500 cuadros…

Han sido muchísimos los dones: paños, banderas, tapices, copas, artesanado en plástico, metal, cuero, vestidos folclóricos, un sombrero de pieles rojas (!), el texto del Padre Nuestro en el idioma de una tribu de pieles rojas, la maqueta de una iglesia hecha con cerillas. El Santo Padre ha recibido incluso lámparas, relojes, candelabros, manteles, servilletas, pequeños objetos de paja, esquíes, balones, chandal de gimnasia … Una particular atención merece un volúmen de 35 kg. que contiene cartas escritas por chicos y una cadena de adornos navideños. Citando las palabras de Helena: Son todos los  objetos que las manos y las mentes de los hombres son capaces de inventar.

En la capilla de la Casa del Peregrino se pueden admirar las cristaleras, la pintura de la Virgen Negra, regalada por el cardenal Stefano Wyszyński, y también las copias del Crucifijo de la Catedral de Varsovia – voto del prelado Zdzisław Peszkowski.

Detrás de una cristalera se encuentran objetos hechos con carbón. Entre las esculturas, sólo las que representan a santa Bárbara son 28. Veo también una espada, don de los mineros de la Minera de sal de Bochnia, y los epitafios con dedicaciones y bajo relieves. Se encuentra también un globo terrestre regalado por los presos de Regina Coeli de Roma; los gemelos de la camisa donados por unos joyeros. La colección contiene dones ofrecidos por Presidentes: una armadura caballeresca del 1600 y un cuadro que representa la casa y la parroquia de Wadowice – regalo del general Wojciech Jaruzelski; una medalla, del presidente Lech Wałęsa, una cristalera con la representación de un fragmento de la puerta de la Catedral de Gniezno, regalada por el presidente Aleksander Kwaśniewski.

En la sala de la memoria nacional un puesto especial está dedicado a los recuerdos de guerras, represiones y campos de concentración. Entre los muchos recuerdos, se puede mencionar un trozo de madera proveniente de la guerra del 1904-1905 entre Rusia y Japón: En el ejército zarista combatían también muchos polacos – explica la Doct. Helena – que terminaron prisioneros en el Japón. Pero tuvieron una gran suerte, porque había un sacerdote que les visitaba. Y gracias a esta pequeña madera, que tiene grabado un examen de conciencia escrito en polaco, los soldados polacos podían confesarse con un capellán francés. Como no podían comunicarse de otro modo, indicaban con el dedo el número del mandamiento, haciéndose así entender… El trozo de madera lo conservaba un monaguillo que ayudaba al capellán. Cuando el Papa fue a Japón, él era ya anciano y quiso regalarle este recuerdo al Santo Padre.

            1942, prisión soviética de Leopoli: unos dedos congelados manejan una aguja con una habilidad impresionante y en un trocito de tela aparecen las palabras: Madre Santa, ruega por nosotros... La letanía de Loreto bordada por un prisionero desconocido terminó en las manos del Santo Padre. La oración se concluye con estas palabras: Cordero de Dios… El prisionero fue asesinado … El poeta p. Janusz Pasierb sostiene que el autor de este bordado se había convertido él mismo en un cordero sacrificado.

El Santo Padre ha recibido también un libro que recoge una hermosa historia de fe y amor por la oración del Rosario. En el campo de concentración de Guzen todos los detenidos tenían prohibido conservar cualquier objeto sagrado, por eso rezaban con cuentas hechas de piedra: en cada cuenta habían hecho un agujerito donde metían las cenizas de los prisioneros muertos. Después lo cubrían y lo pintaban de negro, como un dado para jugar. Se distribuían entre los prisioneros.

Después de la liberación, los sobrevivientes hicieron una peregrinación de agradecimiento a Częstochowa, y engarzaron todas las cuentas en coronas del Rosario…

Entre los dones contemplo también un mosaico con una pintura de la Virgen. Este objeto proviene de la cárcel de Koziels, y ha sido hecho en el antiguo convento donde había estufas decoradas con imágines sagradas. Un prisionero cogió el ladrillo de la estufa y lo escodió en la mochila. Este tesoro contaba una guerra inédita.

El Cristo mutilado, hecho con barro, es obra de un soldado italiano, prisionero en una cárcel alemana en Tarnopol. El autor, después, escribió al Santo Padre: Este Cristo ha sido hecho por la tierra  mártir de Polonia.

Salgo del Aula de la memoria y visito los otros pisos de la Casa. En las paredes, entre tantos cuadros, veo un tapiz que representa las ovejas y un cordero … Estoy convencida de que el Santo Padre ha sonreído al verlo .. Hay también cuadros paisajísticos, como el del Lago de Vigry, donde Karol Wojtyła iba a menudo con los jóvenes … me emociono.

Son muchos los cuadros de la Virgen – copias provenientes de tantos santuarios polacos. Con la doct. Helena nos paramos ante el cuadro titulado El testigo del atentado. Esta obra tenía que haber sido regalada al Santo Padre percisamente el 13 de mayo de 1981. Después de los tres disparos y la salida del papamovil, p. Kazimierz Przydatek ha comenzado a rezar el Rosario, alguien ha dejado una rosa en el lugar del atentado, sobre la silla donde tenía que sentarse Juan Pablo II algunos peregrinos polacos han dejado este cuadro de la Virgen Negra. Sobre el manto de la Madre de Dios vemos escrito S.O.S. y la frase: «Santa Madre, sostiene al Santo Padre» … Y así fue.

El Instituto de la documentación del pontificado de Juan Pablo II esconde aún muchos dones insólitos. Vale la pena visitarlo, en c/ Cassia, nº. 1200, para experimentar un encuentro especial con Juan Pablo II.

Aleksandra Zapotoczny

Canto del Dios escondido

Medito a menudo en aquel día de luz
que será todo estupor
por Tu sencillez,
que tiene en mano el mundo
y cuanto en él perdura, intacto
hasta ahora
– y más allá.

Y entonces el simple mandato se convierte en creciente nostalgia
de aquel día,
en que todo envolverá en su sencillez infinita
y en un soplo amoroso.

Juan Pablo II
Canto del Dios escondido.

Mujer Eucarística

En la fiesta del Corpus Christi la Iglesia revive el misterio del Jueves santo a la luz de la Resurrección. También el Jueves santo se realiza una procesión eucarística, con la que la Iglesia repite el éxodo de Jesús del Cenáculo al monte de los Olivos. En Israel, la noche de Pascua se celebraba en casa, en la intimidad de la familia; así, se hacía memoria de la primera Pascua, en Egipto, de la noche en que la sangre del cordero pascual, asperjada sobre el arquitrabe y sobre las jambas de las casas, protegía del exterminador. En aquella noche, Jesús sale y se entrega en las manos del traidor, del exterminador y, precisamente así, vence la noche, vence las tinieblas del mal. Sólo así el don de la Eucaristía, instituida en el Cenáculo, se realiza en plenitud:  Jesús da realmente su cuerpo y su sangre. Cruzando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, verdadero maná, alimento inagotable a lo largo de los siglos. La carne se convierte en pan de vida. […]

La procesión del Jueves santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el “via crucis”. En cambio, la procesión del Corpus Christi responde de modo simbólico al mandato del Resucitado:  voy delante de vosotros a Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo. […]

Estas dos direcciones del camino del Resucitado no se contradicen; ambas indican juntamente el camino del seguimiento de Cristo. La verdadera meta de nuestro camino es la comunión con Dios; Dios mismo es la casa de muchas moradas (cf. Jn 14, 2 s). […]

En la procesión del Corpus Christi, como hemos dicho, acompañamos al Resucitado en su camino por el mundo entero. Precisamente al hacer esto respondemos también a su mandato:  “Tomad, comed… Bebed de ella todos” (Mt 26, 26 s). No se puede “comer” al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo de pan. Comer este pan es comulgar, es entrar en comunión con la persona del Señor vivo. Esta comunión, este acto de “comer”, es realmente un encuentro entre dos personas, es dejarse penetrar por la vida de Aquel que es el Señor, de Aquel que es mi Creador y Redentor.

La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros. Por tanto, adoración y procesión forman parte de un único gesto de comunión; responden a su mandato:  “Tomad y comed”.

Nuestra procesión termina ante la basílica de Santa María la Mayor, en el encuentro con la Virgen, llamada por el amado Papa Juan Pablo II “Mujer eucarística”. En verdad, María, la Madre del Señor, nos enseña lo que significa entrar en comunión con Cristo:  María dio su carne, su sangre a Jesús y se convirtió en tienda viva del Verbo, dejándose penetrar en el cuerpo y en el espíritu por su presencia. Pidámosle a ella, nuestra santa Madre, que nos ayude a abrir cada vez más todo nuestro ser a la presencia de Cristo; que nos ayude a seguirlo fielmente, día a día, por los caminos de nuestra vida. Amén.

Homilia de Su Santidad Benedicto XVI – Solemnidad del Corpus Christi –

Jueves 26 de mayo de 2005

Copyright © Libreria Editrice Vaticana

 

El milagro de la Beatificación de Juan Pablo II

En junio de 2001, me diagnosticaron la enfermedad de Parkison.

La enfermedad había afectado a toda la parte izquierda del cuerpo, creándome graves dificultades, pues soy zurda. Después de tres años, a la fase inicial de la enfermedad, lenta pero progresiva, siguió un agravamiento de los síntomas: acentuación de los temblores, rigidez, dolores, insomnio…

 

Desde el 2 de abril de 2005 empecé a empeorar de semana en semana, desmejoraba de día en día, no era capaz de escribir (repito que soy zurda) y si lo intentaba, lo que escribía era ininteligible. Podía conducir sólo en recorridos breves, porque la pierna izquierda se bloqueaba a veces y la rigidez habría impedido el conducir. Para llevar a cabo mi trabajo, en un hospital, empleaba además más tiempo del normal. Estaba agotada.

Después de saber el diagnóstico, me resultaba difícil ver a Juan Pablo II en la televisión. Me sentía, sin embargo, muy cercana a él en la oración y sabía que él podía entender lo que yo vivía. Admiraba también su fuerza y su valor, que mi estimulaban para no rendirme y para amar este sufrimiento, porque sin amor no tenía sentido todo esto. Puedo decir que era una lucha diaria, pero mi único deseo era vivirla con fe y en la adhesión amorosa a la voluntad del Padre.

En Pascua (2005) deseaba ver a nuestro Santo Padre en la televisión porque sabía, en mi interior, que sería la última vez. Me preparé durante toda la mañana a aquel “encuentro” sabiendo que sería muy difícil para mi, pues me haría ver cómo me encontraría yo de ahí a algún año. Me resultaba aún más duro siendo relativamente joven… Un servicio inesperado, sin embargo, me impidió verlo.

En la tarde del 2 de abril, nos reunimos toda la comunidad para participar en la vigilia de oración en la plaza de San Pedro, retransmitida en directo por la televisión francesa de la diócesis de París (KTO)… todas juntas escuchamos el anuncio del fallecimiento de Juan Pablo II; en ese momento, se me cayó el mundo encima, había perdido al amigo que me entendía y que me daba la fuerza para seguir adelante. En los días siguientes, tenía la sensación de un vacío enorme, pero también la certeza de su presencia viva.

El 13 de mayo, festividad de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Benedicto XVI anunciaba la dispensa especial para iniciar la Causa de Beatificación de Juan Pablo II. A partir del día siguiente, las hermanas de todas las comunidades francesas y africanas empiezan a pedir mi curación por intercesión de Juan Pablo II. Rezan incesantemente hasta que les llega la noticia de la curación.

En ese período estaba de vacaciones. El 26 de mayo, terminado el tiempo de descanso, vuelvo totalmente agotada por la enfermedad. “Si crees, verás la gloria de Dios”: esta frase del Evangelio de san Juan me acompañaba desde el 14 de mayo.

El 1 de junio ya no podía más, luchaba por mantenerme de pie y caminar. El 2, por la tarde, fui a buscar a mi superiora para pedirle si podía dejar el trabajo. Ella me animó a resistir aún un poco más hasta mi vuelta de Lourdes, en agosto, y añadió: “Juan Pablo II no ha dicho aún su última palabra” (Juan Pablo II estaba seguramente allí, en aquel encuentro que transcurrió sereno y en paz). Después, la madre superiora me dió una pluma y me dijo que escribiera: “Juan Pablo II”. Eran las 5 de la tarde.
Con esfuerzo escribí: “Juan Pablo II”. Nos quedamos en silencio ante la letra ilegible… después, la jornada continuó como de costumbre.

Al terminar la oración de la tarde, a las 9 de la noche, pasé por mi despacho antes de ir a mi habitación. Sentía el deseo de coger la pluma y escribir, algo así como si alguien en mi interior me dijese: “Coge la pluma y escribe ”… eran las 9.30-9.45 de la noche. Con gran sorpresa ví que la letra era claramente legible: sin comprender nada, me acosté.
Habían pasado exactamente dos meses desde la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre… Me desperté a las 4.30 sorprendida de haber podido dormir y de un salto me levanté de la cama: mi cuerpo ya no estaba insensible, rígido, e interiormente no era la misma. Después, sentí una llamada interior y el fuerte impulso de ir a rezar ante el Santísimo Sacramento. Bajé al oratorio y recé ante el Santísimo. Experimenté una profunda paz y una sensación de bienestar; una experiencia demasiado grande, un misterio difícil de explicar con palabras.
Después, ante el Santísimo Sacramento, medité sobre los misterios de luz de Juan Pablo II. A las 6 de la mañana, salí para reunirme con las hermanas en la capilla para un rato de oración, al que siguió la celebración eucarística.
Tenía que recorrer cerca de 50 metros y en aquel mismo momento me di cuenta de que, mientras caminaba, mi brazo izquierdo se movía, no permanecía inmóvil junto al cuerpo. Sentía también una ligereza y agilidad física que no sentía desde hacía tiempo.
Durante la celebración eucarística estaba llena de alegría y de paz; era el 3 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Al salir de la Santa Misa, estaba segura de mi curación… mi mano no temblaba más. Fui otra vez a escribir y a mediodía dejé de tomar las medicinas.

El 7 de junio, como estaba previsto, fui al neurólogo, mi médico desde hacía cuatro años. También él quedó sorprendido al constatar la desaparación de todos los síntomas de la enfermedad, a pesar de haber interrumpido el tratamiento desde hacía cinco días. El día después, la superiora general confió a todas nuestras comunidades la acción de gracias y toda la congregación comenzó una novena en acción de gracias a Juan Pablo II.

Han pasado ya diez meses desde que interrumpí todo tipo de tratamiento. He vuelto a trabajar normalmente, no tengo dificultad para escribir y conduzo también en recorridos largos. Me parece como si hubiese renacido: una vida nueva, porque nada es igual que antes.

Hoy puedo decir que un amigo ha dejado nuestra tierra, pero está ahora mucho más cerca de mi corazón. Ha hecho crecer en mí el deseo de la adoración al Santísimo Sacramento y el amor a la Eucaristía, que ocupan un puesto prioritario en mi vida cotidiana.

Lo que el Señor me ha concedido por intercesión de Juan Pablo II es un gran misterio difícil de explicar con palabras, algo muy grande y profundo… pero nada hay imposible para Dios. Sí, “si crees, verás la gloria de Dios”.

Sor Marie Simon Pierre